


La nueva educación y las TIC
No hay un manual de instrucciones que nos diga
exactamente qué tenemos que hacer en cada situación
con nuestros hijos e hijas en edad adolescente. Cada
adolescente es una persona diferente con sus propios
problemas y particularidades, pero podemos dar algunas
pistas sobre cómo afrontar la educación en un período
tan complicado.
Sabemos que ser padre y madre no es una tarea fácil; lo
ideal es conseguir un equilibrio entre disciplina y cariño,
buscar un punto medio donde seamos una referencia
para ellos y ellas pero también donde encuentren cada
vez más espacio y más libertad para crecer y convertirse
en adultos. Para ello hay que cuidar estos factores:
Las normas: aunque a veces creamos lo contrario, los y
las adolescentes necesitan nuestras normas para tener
un referente en su comportamiento vital. Lo difícil
es conseguir que las normas sean razonables y no
obedezcan a nuestros propios miedos o inseguridades.
Si ellos y ellas crecen en un ambiente con normas y
valores familiares asumidos por todos, serán personas
más autónomas, tendrán un mayor grado de autoestima
y, sobre todo, serán más responsables en su trabajo y
más justos en sus relaciones sociales.
El afecto: es incluso más importante que las normas en
la educación. Gracias al afecto, los y las adolescentes
comprenden mejor que las normas establecidas
buscan un bien común y no son arbitrarias. Gracias
a esto no obedecerán sólo por temor al castigo, sino
comprendiendo los motivos. La ausencia de afecto los
convierte en personas inseguras y sin capacidad para
emitir sus propias opiniones; mientras haya un buen
clima familiar habrá posibilidades de superar cualquier
dificultad.
La flexibilidad: es fundamental que aprendamos a
adaptarnos a los cambios y a las nuevas necesidades
de nuestros hijos e hijas. Igual que no llevaremos al
adolescente de la mano para cruzar el paso de cebra
como si fuera todavía un niño, no podemos pensar que
las normas se pueden mantener invariables en el tiempo.
Tenemos que estar alerta sobre cómo evolucionan ellos
y ellas e intentar evolucionar nosotros como padres
y madres. Recordemos que a pesar de todo esto, no
siempre se educa igual, no siempre nuestros hijos e hijas
dialogan y comprenden, no siempre los padres y madres
actúan igual. Hay que tener en cuenta muchos factores
que influyen a la hora de educar.
Factores individuales: la personalidad de cada uno, las
experiencias vividas, el temperamento, los problemas
emocionales, etc.
Factores entre individuos: el tipo de relación en la
familia, entre los padres, con las amistades y con otros
adultos.
Factores del entorno: dónde se vive (ciudad o pueblo
pequeño, un barrio u otro), a qué colegio o instituto se
va, etc.
Todo esto implica que aunque sigamos unas líneas
educativas básicas, siempre tenemos que fijarnos en:
La situación. No actuaremos igual si nuestro hijo o
hija desobedece o si daña a alguien, por ejemplo. En
el primer caso razonaremos y en el último, adoptaremos
actitudes más restrictivas.
El destinatario. No es lo mismo un pre-adolescente de 13
años que uno de 17, ni uno tímido que uno expansivo,
ni uno prudente y uno temerario. Como hemos dicho ya
varias veces, no hay dos adolescentes iguales.
Tolerancia hacia las normas. El primer paso para que
se acepten las reglas que pactemos conjuntamente, es
que sientan que están participando en ellas y no son
unos meros observadores del proceso en sí. Deben
sentirse protagonistas con voz y que sus sugerencias
sean escuchadas y en cualquier caso, aceptadas si se
nos argumentan y nos plantean soluciones coherentes.
El camino más directo para que tomen como suyas
nuestras normas es a través del diálogo, del afecto, y de
la consideración de que se trata de algo justo y pactado
entre todos los integrantes de la familia.


